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martes, 20 de enero de 2015

.- MIA PARA POSEER .- CAPITULO 7

CAPITULO 7.-
Regresó al día siguiente con un nuevo conjunto de lencería, un wonderbra
borgoña intenso con un pequeño tanga a juego, y él inició su entrenamiento
como sumisa.
Debía de tener un fetiche con las matemáticas, porque al final de la
tarde le había hecho memorizar los números correspondientes a cada
posición de sumisión, al igual que los nombres de operaciones y teorías
matemáticas con los que había rebautizado en su honor a toda postura y
práctica sexual conocida por el ser humano. Y lo más perturbador es que
cada nombre asignado tenía sentido.
¡Dios mío! Nunca más volvería a dar una clase sin sonrojarse o sin
mojar la ropa interior.
Y sí, incluso hubo tiempo para que se volviera a rebelar.
Conste que no había querido. De verdad que cuando llegó a la
mazmorra iba con la intención de ser una buena sumisa, como él quería,
pero resultó superior a sus fuerzas. Para cuando se quiso dar cuenta, ya
había soltado de todo por esa boquita suya tan imprudente y, a pesar de que
pidió perdón de rodillas, fue disciplinada igualmente. Y el método que
escogió era tan retorcido que se cabreó todavía más.
—¡Mamón!
Estaba colgada del techo, literalmente, cual jamón. Siempre desnuda,
siempre cegada.
El muy desgraciado le había puesto unos puños de cuero nada más
llegar y ahora empezaba a verles la utilidad.
Primero los enganchó a una cadena que tensó hasta que tuvo los
brazos estirados por encima de la cabeza y tan sólo las puntas de los dedos
en el suelo. Y luego… luego la hizo cabalgar el peor de los instrumentos de
tortura inventados por el hombre. Uno que él denominó como «un potro
mucho más interesante que el de ayer». Y vaya sí lo era. Para él, claro,
porque ella se encontraba suspendida en ese momento a horcajadas de
aquella cosa infernal cuya parte superior parecía algo así como un tejado.
Pero lo peor era el filo de ese tejado, porque no había forma humana de
apoyarse en el sin que hiciera una insoportable presión contra su sexo.
Así que allí estaba, de puntillas, con los brazos restringidos en alto y
manteniendo sus partes tiernas lo más alejadas posibles de aquel elemento
de tortura sexual.
Los minutos pasaban y cada vez le costaba más mantenerse de
puntillas. Sentía que las piernas se le aflojaban poco a poco, volviéndose
más inestables a cada segundo que pasaba.
La posición la estaba matando y el esfuerzo causaba que el sudor le
perlara la piel.
—¡Hijo de perra! —escupió cuando él volvió a tocarla entre las
piernas, excitándola y extendiendo por los sensibles pliegues la humedad
que manaba de su vagina con cada nuevo toque. Humedad que resbalaba
también por la cara interna de sus muslos.
—Tus insultos cada vez son más atrevidos, sumisa. ¿Puedo saber por
qué has escogido «perra» cuando bien podrías haber dicho «puta»?
—Porque es el animal más parecido al lobo que se puede utilizar en
un insulto.
Se enorgulleció de su originalidad. Aunque el estado de ánimo le duró
poco ya que, casi al momento, él introdujo un dedo en su interior, lo rotó
varias veces, y luego lo extrajo para, a continuación, deslizarlo por el
pliegue de su trasero.
Gimió cuando tanteó el apretado anillo de entrada, y los muslos le
temblaron de tal modo que no pudo evitar apoyarse sobre el filo del potro.
Entonces, sacó fuerzas de donde ya no las tenía y se alzó al momento entre
quejidos mientras él seguía dibujando círculos en su ano.
—¿Te gusta, sumisa?
—N-no.
La penetró usando su lubricación natural y ella se sacudió por el
repentino escozor que le produjo la invasión. Después, él empezó a
embestir el agujerito virgen con un lento vaivén de su dedo, causándole un
ligero hormigueo que aumentaba con cada nueva incursión.
Cerró los ojos tras la tela, abochornada de que algo tan sucio como
que usara su culo de esa manera fuera tan… placentero.
—No volveré a repetir la pregunta y esta vez quiero la verdad. ¿Te
gusta, sumisa? ¿Te pone cachonda que folle tu apretado y lindo culito con
mi dedo?
—Sí, maldita sea, ¡sí! —medio sollozó, medio chilló enfadada al
tiempo que dejaba caer hacia atrás la cabeza y ondulaba las caderas—. Soy
la puta de mi Señor.
Él extrajo el dedo y la agarró por la barbilla, enderezándole la cabeza.
—¿Qué has dicho?
Su voz destilaba problemas. Acababa de volver a enfadarlo, pero más
enfadada se sentía ella.
—Tengo que serlo cuando me gusta lo que me haces, cuando permito
que me uses así.
¡Jesús! Sentía que los ojos le escocían de manera infernal y las
lágrimas tardaron poco tiempo en empezar a caer por sus mejillas,
incontrolables, mientras su cuerpo se sacudía presa de la congoja.
—____…
Justo en el momento en que las piernas iban a ceder bajo su peso, él la
sostuvo por el trasero y la aupó contra su cuerpo, exhortándola sin palabras
a que le rodeara las caderas con los muslos.
Era fuerte, muy fuerte. Tenía que serlo para sostenerla en el aire de
esa manera, sin resollar ni dar señal alguna de lo mucho que ella pesaba.
No queriendo ni pudiendo evitarlo, apoyó la frente contra el pétreo
hombro y dio rienda suelta al llanto.
—Gatita —le susurró con un tono que intentaba apaciguar sus
gimoteos descontrolados—. No eres una puta, ¿me oyes? Eres una mujer
ardiente y magnifica con cierta clase de necesidades. Unas que te causan
una confrontación de emociones, sensaciones y pensamientos muy dura, lo
sé. Pero las necesitas para sentirte completa.
Aquellas grandes y fuertes manos le acariciaban las mejillas del
trasero, calmándola, y la serenidad de su voz le resultó balsámica. Como
pegamento para las grietas de su confianza y su autoestima.
Él continuó hablando en tono quedo e íntimo, verbalizando por ella
todos sus miedos y recelos, cada uno de sus pensamientos encontrados. Y
al mismo tiempo que parecía leerle la mente, comenzó a derribar una a uno
cada muro que había creado en su cabeza y a rebatir cada falso discurso de
su conciencia acerca de lo incorrecto, depravado e inmoral que era que le
gustara lo que él le hacía. Porque, como le dijo, no era su propia voz de la
razón la que la zahería con esas dañinas palabras, sino la voz que la
sociedad había infiltrado en ella y que los demás usaban para dictarle lo
que era correcto o no a ojos del mundo. Un discurso inculcado a través de
los años que castraba su capacidad de ser libre y feliz.
—Jamás permitas que te impongan sus estúpidas reglas acerca de
cómo vivir tu vida, gatita. —La besó en la coronilla, con dulzura—. Y
ahora, ¿crees que podrás aguantar los minutos que te quedan de castigo?
—S-sí, Señor.
—Así me gusta. Tan valiente mi pequeña sumisa.
Sus palabras calentaron el corazón y el ánimo, por lo que alzó el
rostro a la vez que emitía un último hipido, se sorbió la nariz y sonrió. Una
sonrisa grande y sincera para su implacable pero tierno Dom.
—Eres maravillosa y eres mía —le dijo mientras la bajaba.
Resistió con estoicidad y, aunque en ocasiones la asaltaban
pensamientos nada halagüeños referidos a él y sus originales castigos, se
los guardó.
Cuando retiró el potro y la desenganchó, ella se deslizó por su
poderoso cuerpo, frotándose en el descenso contra los sólidos músculos
antes de terminar de rodillas en el suelo, pegada a su pierna.
—Dame tus brazos, _____. Déjame que me encargue de ellos.
Se los masajeó hasta que dejaron de sentirse agarrotados. Los dedos
expertos hundiéndose en la tierna musculatura, aflojándosela.
Una vez que él hubo terminado y le soltó los brazos, restregó la
mejilla contra su muslo, al igual que una gatita cariñosa, y esperó a que él
le dijera qué quería que hiciera a continuación. Pero la orden no llegó.
Él se limitó a disfrutar de las caricias a la vez que posaba una mano
sobre su cabeza y le deslizaba los dedos por la melena para luego proceder
a masajearle el cuero cabelludo, haciéndola ronronear de placer.
Estuvieron así un rato, disfrutando de las mutuas carantoñas, hasta
que ella se sintió traviesa y decidió serpentear los dedos por la larga pierna
masculina para terminar jugueteando con la bolsa que salvaguardaba los
testículos.
—Joder, _____ —masculló reteniendo la respiración de golpe.
Gruñidos, jadeos y toda clase de sexys sonidos de bestia llenaron la
mazmorra mientras ella intensificaba las caricias. Hasta que llegó un punto
en que notó que él estaba tan próximo a la cima que se correría en
cualquier momento. Entonces, hizo el ademán de tomarlo en su boca, pero
él se lo impidió.
—No gatita. Probemos otra cosa.
La levantó del suelo con delicadeza y la condujo a través de la
mazmorra, guiándola con un brazo ceñido a su cintura y pegándola al
costado.
—Ven. —La soltó al tiempo que ella escuchaba como se sentaba—.
Acércate y ponte a horcajadas sobre mis piernas.
¡Oh, Dios mío! ¡Al fin lo iba a hacer! La llenaría con su descarada
erección y la tomaría. Y ella se moría porque lo hiciera de inmediato. Lo
deseaba dentro, en lo más profundo, llenando hasta el último rincón de su
implorante vagina.
La ayudó a colocarse como él quería y la instó a que pusiera los
brazos sobre la cabeza y los mantuviera allí.
—Otra v… —No lo veía, pero había llegado a percibir los matices de
su mirada, como si fueran algo tangible—. Sí, Señor.
Hizo lo que le decía y al instante él atrapó un pecho en su ardiente
boca a la vez que restregaba el miembro contra los empapados pliegues,
rozando el pulsante clítoris con la punta con un poco más de intensidad a
cada nueva pasada.
Pronto se encontró gimiendo sin recato y retorciéndose sobre él.
Parecía que no tenía nunca suficiente de sus labios, de sus dedos, de su
lengua… De su pene, que en ese momento presionaba contra la entrada de
su sexo para luego ignorarlo a favor del hinchado brote que palpitaba más
arriba.
¿Por qué no la penetraba?
Él rió al escuchar sus quejidos al tiempo que cambiaba de un pecho a
otro e iniciaba la tortura del duro pico con sus implacables dientes, para
luego lavarlo con calientes pasadas de lengua antes de soplar sobre él hasta
ponerlo dolorosamente apretado. Entonces, cuando pensaba que el placer
no podía ser mayor, lo introdujo en la boca y succionó con fuerza,
enviando ráfagas de fuego derechas a su vagina.
—Ah… Ahhh…
—No te corras todavía, gatita.
—Pero…
Él paró de moverse y abandonó el sobreexcitado pezón. Su silencio
tan elocuente que ella no pudo agregar protesta alguna, así que se abstuvo
de decir nada —otra vez— y se quedó con las ganas.
Estaba rabiosa. Nada más decírselo, notó que se ponía rígida y vio el
delator rubor encolerizado que le subía por el cuello a la velocidad de la
luz.
Sabía que contener su temperamento en un momento como ese no le
debería de estar resultando fácil, por eso la premió con un beso de lengua
profunda que pronto la convirtió en un charco líquido y dulce.
Aquellos jadeos y gemidos eran la mejor música para sus oídos y
disfrutó de cada segundo de ellos.
La hizo subir alto, hasta casi alcanzar la cima, para luego volver a
dejarla a un paso del orgasmo. Y lo repitió varias veces, conteniendo
también el suyo.
¡Ah, joder! La tenía tan tiesa que podría picar piedra con ella, y los
testículos se habían apretado tanto que cada nuevo roce contra aquel
resbaladizo e hinchado coñito era casi agónico. Prácticamente tenía que
convencerlas de que resistieran un poquito más antes de estallar como una
olla a presión.
Unió beso con beso, haciéndole el amor a su boca hasta dejarla sin
aliento, a la vez que mantenía un ritmo constante entre sus muslos. Cada
nuevo restregón más perverso que el anterior.
Entonces, cuando notó como otro orgasmo empezaba a fraguarse en
ella, tomó de encima del sofá el diminuto vibrador que había usado el día
anterior, lo lubricó con la espesa miel de su gatita y lo apoyó con firmeza
contra el apretado anillo de su culito virgen. Porque después del modo en
que había reaccionado antes, sabía que ella no había sido tomada jamás por
ahí y ardía de ganas de introducirla en los placeres del sexo anal.
Cuando accionó el vibrador y lo puso a la máxima potencia, este
comenzó a zumbar como loco contra la prieta entrada y ____ gritó. Gritó y
gritó mientras se corría salvajemente encima de él, sacudiéndose presa de
un clímax devastador que lo arrastró a él al suyo.
La gatita era una visión de ensueño con la espalda arqueada, los
pechos sensibles por sus atenciones, la boca hinchada a causa de los besos
y los mordiscos y los brazos afianzados sobre la cabeza.
Con una última embestida, eyaculó encima del castigado clítoris y el
tembloroso pubis, lanzando a continuación los calientes chorros de semen
contra la cremosa y aterciopelada piel del vientre femenino.
Cuando ella dejó caer los brazos a los costados y se derrumbó contra
él, fláccida como un espagueti, tiró el vibrador a un lado y cogió la manta.
Entonces, la cubrió con ella, envolviéndola como si fuera un paquetito, y la
abrazó al tiempo que la besaba en la sien con ternura.
Qué magnifica sumisa había resultado ser una vez dejaba de combatir
contra lo que en realidad su cuerpo anhelaba. Tan cálida y entregada, tan
esplendorosa en su sumisión.
Llevarla al orgasmo era un placer para los sentidos, someterla le hacía
sentir como el jodido dueño del Edén.
La mimó hasta que se recompuso y empezó a desperezarse contra él
como la gatita sensual que era, restregándose y buscando sus caricias.
Ah, no podía esperar hasta el día siguiente para volver a empujar un
nuevo límite.

—Por el amor de Dios, Jeremiah. ¿Has visto esa expresión?
Cuando su nieta asomó la cabeza por la puerta del dormitorio para
saludarlos con un alegre «hola» y dedicarles la clase de sonrisa complacida
capaz de romperle a cualquiera las comisuras de la boca, supo que las
cosas entre ella y su anónimo pretendiente debían de ir muy bien.
—Sí, la he visto —replicó su marido, que estaba sentado a su lado en
la cama, a la vez que tecleaba en la calculadora—. Parece una pompa de
jabón a punto de reventar.
—Ay, mi nenita —aplaudió quedo, sintiéndose emocionada por ____
—. Ya era hora.
Jeremiah arqueó una ceja con diversión, al verla tan excitada por los
buenos indicios, y rió bajito mientras volvía a prestar atención a las
facturas que tenía en las manos.
—No cantes victoria antes de tiempo —le aconsejó tan prudente como
siempre—. Que haya llegado con la cara del gato que se comió al canario
no significa que mañana vaya a haber una pedida de mano. Simplemente
parece que se lo están pasando bien.
Le dedicó a su marido una mirada que decía «paparruchas» y comenzó
a planear la boda en la cabeza.
Oh, una ceremonia otoñal en el jardín trasero sería deliciosa. Podrían
poner un arco con motivos de la estación, parecido al de la boda de la nieta
de Winnie Jobs, y decorar las mesas en tonos dorados y cobrizos y…
—Frena.
—No estaba haciendo nada —le aseguró con un mohín inocente.
—Sí, podía escuchar la marcha nupcial y las campanas repicando
como locas desde aquí.
—Lobo insufrible. —Se cruzó de brazos—. Alguna vez tendrás que
revelar cuál es el truco.
—Casi catorce años a tu lado, amorcito —le confesó sin levantar los
ojos de los papales y la calculadora—. Eso y que eres como un libro
abierto.
—Oh —musitó—. Qué decepción.
Jeremiah levantó la cabeza y la observó sin comprender a que se
refería con exactitud.
Era un hombre maduro y atractivo, con ojazos azules matizados por
vetas más oscuras, espeso cabello negro medio encanecido y adorables
arruguitas de expresión. Y se mantenía en forma. Su cuerpo seguía siendo
tan fibroso y compacto como el día en que lo había conocido y sus dotes de
seductor, sumadas a su apetito,… Bueno, bastaba con decir que era capaz
de derretir a la más beata de las mujeres. Aunque a Dios gracias ella no lo
era. Beata, claro.
—¿Debería de preguntar?
—Sabes que te lo diré de todos modos, viejo lobo. Lo hagas o no.
—Ah, bien. Cuando quieras, entonces.
Aleteó las pestañas con coquetería y su marido se rió entre dientes
antes de inclinarse sobre ella y robarle un caliente beso.
—Tranquila, sigues resultando misteriosa a muchos niveles.
—¡Lo has vuelto a hacer!
Él parpadeo fingiendo sorpresa.
—¿El qué?
—Ya lo sabes.
Lo golpeó en el brazo con falsa indignación y le robó la calculadora,
que escondió de inmediato a su espalda con una sonrisa artera.
—Y ahora quién es la insufrible, ¿eh? —señaló él a la vez que
extendía la mano para que se la devolviera—. Venga, tengo que terminar
esta pesadilla antes de que me haga más viejo.
Ella se hizo la sueca, su sonrisa agrandándose por segundos.
—¿Cuánto me costará esta vez, Maggie?
—Umm… —Se golpeó los labios con la yema del índice mientras
pensaba en el pago del rescate—. Lo que yo quiera, cuando lo quiera.
—Eso es muy vago. Puede ser desde una taza de té a un diamante de
Tiffany’s.
—Ahh, si soy un libro tan abierto como dices, no te costará
adivinarlo. Ysi no… —Se acercó a él y le guiñó un ojo—. Tendrás que
confiar en que mis misteriosas intenciones no sean ni tan caras como ese
diamante ni tan aburridas como el té. —Sacó el rehén de su escondite—.
Aunque sí te puedo adelantar algo; valdrá la pena.
Jeremiah recuperó la calculadora en cuanto se la ofreció de vuelta.
—Siempre vale la pena, amorcito. Siempre.

—Noche de chicas —decretó una sonriente Nana en cuanto escuchó el
portazo que le comunicaba que su marido acaba de irse—. El lobo ha
abandonado la guarida.
Le encantaban las «noches de chicas» de la abuela porque nunca sabía
que nueva ocurrencia tendría en mente para amenizar la velada. Y nunca
resultaban aburridas. Aunque suponía que en esa ocasión se verían bastante
limitadas, dadas las circunstancias.
—Eres terrible. ¡Pobre Jeremiah! —Meneó la cabeza—. Sólo te faltó
darle una patada en el trasero para echarlo fuera.
—Bah, bah. Su orgullo de lobo no se ha visto resentido, tranquila. Él
sabe que lo quiero con locura, pero de vez en cuando es sano y conveniente
disfrutar de una noche de «cada uno por su lado». Recuérdalo.
—Tomo nota.
Por lo visto esa noche comenzaba el campeonato en la bolera. Algo
así como una especie de SuperBowling de Woodtoken en la que se
enfrentaban cachorros imberbes contra lobos de pelo en pecho. Un feroz
combate generacional, regado de cerveza y hamburguesas altamente
calóricas, que se celebraba de manera religiosa cada año por esas fechas y
que tenía tal poder de convocatoria que no quedaba ni un solo macho u
hombre en casa en varios kilómetros a la redonda.
Oh, por supuesto que el sexo puesto también era asiduo, pero había
que admitir que lo hacían en menor medida.
—Estaba muy guapo con la camisa del equipo —le comentó a Nana
—. ¡Qué lista fuiste al enganchar al último lobo sexy de esta manada,
abuela!
—No creo que sea precisamente el último. De hecho, hay un material
muy bueno para una mujer de tu edad ahí fuera.
Se echó la mano al pecho con un gemido de dolor y puso cara de no
poder creerse lo que estaba escuchando. Todo puro teatro, claro. Esa vena
hollywoodiense la había heredado de la increíble mujer a la que tenía el
privilegio de llamar abuela.
—¡Me estás llamando vieja!
Nana sacudió la mano y se recostó contra la pared de mullidos
almohadones y cojines que la mantenían confortablemente enderezada sin
que su espalda sufriera por la postura.
Sus rubios cabellos recortados a lo Helen Mirren destacaban contra el
lila de las fundas, a juego con la ropa de cama, y a pesar de que se había
visto obligada a guardar reposo, no por ello descuidaba su apariencia. En
ese momento llevaba puesto un bonito y liviano camisón de verano en
tonos crema, que tenía una pequeña y coqueta lazada entre los pechos, y
llevaba las uñas pintadas en rosa. De hecho, el esmalte parecía muy
reciente.
—Eres joven, aunque ese tic-tac…
—Ya, lo sé. Se me va a pasar el arroz —musitó al tiempo que cogía
una de sus manos y observaba la impoluta manicura—. Eso si no se ha
pasado ya. Por cierto, dijiste que me avisarías cuando Betty viniera a casa a
hacerte la manicura.
—Oh, se me olvidaría —dijo con un aire de desconcierto que no podía
ser más falso que una moneda de dos centavos—. Ya sabes, esto de
permanecer confinada me pone la cabeza del revés.
¡Tamaña mentirosa! La cabreaba como una mona el estar atada a una
cama, eso sí, pero tenía una lucidez y una memoria que ya quisieran para sí
muchos universitarios. Ergo, algo se traía entre manos.
—Y como estos días tú andas tan entretenida por las tardes…
Y ahí estaba.
Tenía la impresión de que toda la conversación, desde sus inicios,
estaba destinada a llegar a ese punto. Que, de algún modo, Nana había
hecho un caminito de migas al final del cual estaba la trampa y ella, como
un pájaro tonto, había ido a caer de cabeza en ella. Pero si creía que iba a
hacerla desembuchar lo llevaba claro, porque no lo haría. Ah, no. Había
ciertas cosas que no se podían confesar, menos a una abuela. Sobre todo si
se trataba de su reciente afición a ciertas… perversiones. Hablando de lo
cual… «Mañana será la última. Prometido».
—Salgo a correr, Nana. Es… deporte. Sudoroso y aburrido. No sé qué
hay de entretenido en eso.
—Oh, dímelo tu, nenita.
¡Jesús! Era peor que una viuda negra una vez atrapaba a sus víctimas
en la tela de araña. ¡Qué gran talento desperdiciado!
—Porque no sabía que correr hiciera resplandecer de ese modo.
Igualito que una mujer… satisfecha.
—¿Ah, sí? Será cosa de las endorfinas.
Recibió un arqueo de cejas como respuesta y supo que no se lo había
tragado. La abuela no compraría esa moto por nada del mundo, para su
desgracia. Era asquerosamente perspicaz. Eso o que ella era tan
transparente como el cristal.
—Ya sabes, Nana, esa sustancia que se libera con el deporte.
—Y con un buen revolcón. —«¡Maldición!»—. Oh, sí, nenita, las
conozco de sobra. Somos muy buenas amigas las endorfinas y yo.
Pregúntaselo a Jeremiah.
—¡Abuela! —gritó escandalizada.
Tenía que salir de ese entuerto como fuera o pronto se vería sabiendo
demasiado de la vida sexual de Nana y, de regalo, contándoselo todo acerca
de la suya con pelos y señales.
—Y dime, ¿qué nuevos chismes te ha contado Betty Dodson?
—¿Acerca de cómo tener más y mejores orgasmos?
¡Ay, no! Había vuelto a equivocarse con el maldito nombre de la
dueña del salón de belleza, cambiándole el apellido por el de la famosa
educadora sexual.
—¡Hobson! ¡Quise decir Hobson!
Se estaba poniendo colorada a causa del apuro y el bochorno que
estaba pasando a causa de la insistencia de Nana de llevarlo todo al terreno
sexual.
—Tranquila, nenita —le dijo a la vez que le daba tranquilizadoras
palmaditas en la mano—. Respira hondo. No es tan grave la equivocación
como para ponerse así, a no ser que…
Dios mío, volvía a la carga.
—Da igual, Nana —la cortó antes de que pudiera añadir una palabra
más—. Venga, cuéntame cotilleos.
Por suerte para ella, había muchas y jugosas novedades que le
hicieron terminar riendo a carcajadas en la mayoría de los casos. Como en
ese momento que, tumbada sobre el colchón, se agarraba la tripa mientras
le corrían las lágrimas por las mejillas.
Ay, a veces la gente de Woodtoken parecía sacada de una novela de
ciencia ficción.
—¡Ah, se me olvidaba! ¿Sabes a quién han visto esta mañana bajando
a comprar víveres? Al hijo de la señora Reed, Tom. ¿Te acuerdas de él,
nenita? Si mi memoria no falla, que no suele hacerlo, le habías dado clases
cuando hiciste aquella sustitución hace ya tantos años. En fin, volviendo a
la cuestión, por lo visto ha vuelto. Y, hablando del instituto, me parece que
alguien me había comentado que el profesor Combs se iba a jubilar en unos
meses. Deberías de pasarte por allí y…
La abuela siguió hablando, pero ella se quedó rezagada en la parte de
que él había vuelto, por lo que no fue capaz de continuar el hilo del
monologo de Nana.
Tom había regresado. Y de todos los momentos, tenía que haber
escogido justo ese, cuando ella también lo había hecho. ¡Ironías del
destino! Porque nadie negaría que ya era casualidad que ambos hubieran
vuelto a Woodtoken casi a la par. Sobre todo después de tantos años sin
pisar el lugar.
Intentó aquietar su corazón y se dijo que no debería de sentir ese
desasosiego, pero lo hacía. El estomago empezaba a darle vueltas y más
vueltas, a velocidad de vértigo. Como si fuera una centrifugadora, vamos.
Oh, por favor… Aquello era lo último que necesitaba. ¡Él estaba allí
otra vez! ¿Qué pasaría si se cruzaban? ¿Se acordaría de ella? ¿Estaría muy
cambiado?
—¡____, nenita!
Parpadeó, regresando a la realidad.
—¿Decías?
—Te preguntaba si te apetecía helado. Tengo una tarrina escondida
para que no la devore ese lobo goloso que tengo por marido.
—Sí, claro, dime donde.
Estalló en carcajadas cuando le dijo el lugar en el que la había
ocultado. Tenía que admitir que era muy original.
Y mientras iba a buscar al helado, pensó en que a veces la vida tenía
un modo curioso de volver a colocarte en el punto de inicio cuando menos
te lo esperabas.




HOLA!!! BUENO AQUI ESTA EL CAPS 7 ... ESPERO Y LES GUSTE, YA SABEN SI HAY 4 O MAS COMENTARIOS AGREGO MAÑANA SINO NO .. ADIOS :))

7 comentarios:

  1. Ya estoy en España asique sube por miiii porfis que me espera un largo viaje hasta mi casa y así leo un poco jajajajajajajajajajaja

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  2. Estoy desesperada por seguir leyendo hahahahaha

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  3. Me encantaaaaaa c:: sube el prox cap muero por ver q pasa xdd. Aa y espero que estes mejor c: cuidatee mucho aa y tambien ya son 5 comentarios con este jajaja , adiosssss

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  4. Me encantoooo virgiii, esto cada vez se pone mas buenoooo jejeje!!!! espero los próximos caps..

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