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lunes, 12 de enero de 2015

.- MIA PARA POSEER .- CAPITULO 2

CAPITULO 2.-
En la actualidad…

La sensación cambió. Se había transformado.
De repente, el lobo se hizo más pesado contra su espalda, pero no la
aplastó. Al contrario, advirtió el modo en que basculaba su masa corporal
encima de ella, aprisionándola en todo momento pero sin espachurrarla
contra el suelo.
Entonces, vio unas manos masculinas sosteniendo lo que parecía un
retal de tela negra delante de sus ojos y gritó presa del terror.
—Shhh… Tranquila —canturreó en su oído una voz profunda y grave.
Estaba congelada por el pánico y por algo más. Algo que no sabía que
era, pero que la asustaba todavía más que lo primero. Ni siquiera era capaz
de retorcerse debajo de él en un intento por huir, sino que tan sólo podía
sentir los gritos en su garganta, pugnando por salir.
Él la cegó. Quienquiera que fuera le tapó los ojos, sumergiéndola en
un mundo de oscuridad y miedo en el que únicamente existían ellos dos y
el denso aroma del lobo.
De repente, la levantó del suelo como si no pesara más que una pluma
y la obligó a recular hasta que su espalda chocó contra algo sólido y
rugoso. Palpó y descubrió que se trataba de un árbol. Uno de los centenares
que había en aquel bosque infinito.
—_____ —gruñó su nombre y, para su sorpresa, el sonido de su voz la
hizo vibrar—. Crees que esto no te gusta, pero en realidad sí lo hace.
—¿Cómo sabes…?
—¿Tu nombre? —concluyó la pregunta por ella—. Sé muchas cosas
acerca de ti.
Acarició su mejilla con suavidad y ella intentó eludir su contacto a la
vez que escupía un sentido «bastardo». Entonces, el desconocido la agarró
por la barbilla e intentó voltearle el rostro, momento en que ella le propinó
un mordisco que logró que el muy cabrón se riera.
—Quieta, fierecilla.
Y su risa era rica y espesa. Condenadamente sensual.
—Te deseo, gatita. Y tú también, sólo que todavía no lo sabes.
—Estás loco.
—Pronto descubrirás que no. —La lamió en el cuello con una
inusitada ternura, haciéndola estremecer—. Y cuando lo hagas, vendrás a
mí pidiendo más.
La había observado con atención a lo largo de los últimos cinco días. Su
modo de interactuar con los miembros de la manada y con aquellos que no
lo eran, sus reacciones antes los machos más dominantes.
Su instinto no se había equivocado. Era una pequeña, dulce sumisa, a
pesar de que no era consciente de ello. Por el momento. Pero se ocuparía
de eso. Llevaría a cabo lo que se moría por hacer, la sumergiría en un
océano de placeres hasta que no le quedara otro remedio que abrazar su
verdadera naturaleza.
Lograría que lo llamara Señor. Amo.
Le sujetó ambas muñecas con una mano y se las alzó por encima de la
cabeza mientras dedicaba una ojeada apreciativa a ese par de bellezas que
tenía por pechos y que en ese preciso momento se elevaban debajo de la
camiseta de correr debido a la postura que la estaba obligando a mantener.
Se fijó en los pezones, dos botones apretados que se marcaban contra
el tejido a causa de la patente excitación de la cuál era víctima. Excitación
combinada con miedo, sólo que no tardaría mucho en eliminar lo segundo
de la ecuación. Entonces haría que ____ se derritiera bajo su tacto, contra
su cuerpo, y conseguiría que le pidiera más, que le rogara por la total y
completa liberación.
Pero esa era una tarea que requeriría de tiempo, paciencia, disciplina y
orgasmos en cantidades industriales.
Sí, ella admitiría lo que era en realidad. Liberaría lo más oscuros
anhelos de su sexualidad, y él gozaría con el proceso. Pero sobre todo con
el fruto de sus esfuerzos.
—Todo esto te excita, ¿verdad?
—¡No!
El tono de su voz estaba teñido de vergüenza y furia, lo que lo hizo
reír. Ah, pequeña terca.
—No te mientas, ____ —musitó a la vez que deslizaba los dedos de la
mano que tenía libre por sus mejillas, sus labios entreabiertos, la elegante
columna de su cuello, la depresión que separaba sus oh-tan-adorables senos
—. Y tampoco me mientas a mí —en ese momento usó su voz de Dom—.
Y ten siempre presente que, de ahora en adelante, cada vez que te haga una
pregunta, querré que me des una respuesta sincera, honesta. —Deshizo el
camino y al alcanzar la boca le acarició el grueso labio inferior con el
pulgar—. Te mostraré lo que deberías de haber dicho, gatita —se aclaró la
garganta—. «Sí, Señor. El sentirme atrapada me asusta y me excita al
mismo tiempo».
Notó como se ponía rígida de la cabeza a los pies, al tiempo que
cesaba de revolverse bajo su contacto. Entonces, la vio boquear
sorprendida durante un par de segundos, antes de cerrar la boca con
firmeza hasta formar una línea obstinada con aquellos apetitosos labios.
—No es cierto —la escuchó jadear poco después.
—Señor —le recordó —. Y no me mientas o tendré que disciplinarte.
Y no será de tu agrado. Al menos no al principio.
Ella guardó un obstinado silencio, negándose en redondo a
complacerlo, y él tuvo que contener las ganas de reír ante tan abierto
desafío.
Ah, su pequeña sumisa no se lo quería poner fácil, pero no le
importaba. Le gustaban los retos y sabía con total certeza que, al final de
ese camino que iban a emprender juntos, ella no sería tan reticente a la
hora de admitir lo que él le provocaba.
Abandonó el jugueteo que se traía con los jugosos y gruesos labios,
labios que pronto tendría alrededor de su polla, y bajó la mano de nuevo
hasta la altura de los henchidos pechos, en está ocasión sin tocarla.
La respiración acelerada de ____, el rubor que le subía por el cuello y
le teñía las mejillas, ese aroma glorioso a hembra caliente y dispuesta…
Aquello era todo lo que necesitaba para ansiar ir un paso más lejos, pero
debía tomárselo con calma.
Con una sonrisa, apartó por completo la sudadera roja de cremallera
que ella llevaba puesta y rozó con el índice la inhiesta punta del pezón
izquierdo, obteniendo a cambio un siseo apagado y la ondulación de las
curvilíneas caderas.
—Si no estás excitada, ¿cómo denominarías esto? —la retó.
Volvió a repetir el gesto con el otro y ____ exhaló un quejido a la vez
que se estremecía entre murmullos de suplica.
—Gatita sensible. Apenas te estoy tocando encima de la camiseta y
tus pezones están tan erizados que piden a gritos que los chupe.
Con toda probabilidad ella estaría pensando que no era nada más que
un animal sin ética y moral, pero nada más lejos de la realidad. Su único
objetivo en ese momento era ponerla tan insoportablemente caliente que
sería ella misma la que rogaría que se la follara.
Nunca le haría nada que no fuera consensuado, pero primero tenía que
jugar un poquito sucio y despertar sus deseos dormidos, mostrarle lo que
en realidad necesitaba. Y para ello era preciso empujarla un poquito,
sobrecargarla sensorialmente de tal modo que la sumisa que se agazapaba
en su interior no tuviera más remedio que salir a la superficie, reclamando
lo que tanto tiempo había precisado.
Sí. Dominaría su cuerpo y se ganaría su corazón y su alma. Le
mostraría los placeres que se había perdido durante todos aquellos
malgastados años de su vida y, para cuando terminara, lo llamaría Amo y
le entregaría su amor envuelto en el papel de regalo de su sumisión sexual.
Le torturó los pechos una y otra vez. Le dio ligeros capirotazos en los
pezones, los hizo rodar entre sus dedos y luego trazó círculos con el pulgar
alrededor de los duros picos, sólo para volver a empezar de nuevo. Y siguió
haciéndolo hasta que ella gimoteó y arqueó el torso hacia él, en busca de su
atormentador toque. Entonces paró y, de inmediato, ____ emitió un
gemido de protesta que sonó a música celestial en sus oídos.
—Un día de estos te ataré, gatita —le gruñó al oído antes de morderle
el lóbulo—. Sé que te gustará, a pesar de que ahora mismo te horrorice la
idea. —Le lamió la caracola de la oreja y sopló a continuación,
arrancándole estremecimientos—. Serás un hermoso y caliente paquetito y
ambos gozaremos mucho cuando te posea de ese modo.
Le trazó la fina línea de la mandíbula con la punta de la lengua y
dibujó un rastro húmedo y ardiente sobre la piel. Entonces, pegó su gruesa,
dura y desnuda erección contra la voluptuosa cadera y la hizo consciente
del efecto que tenía en él, de lo que le hacía.
—No, por favor —suplicó ____ mientras se revolvía en un intento por
alejarse del contacto con su miembro—. No me… no me fuerces.
—Shhh, shhh —la tranquilizó con diminutos, tiernos besos en la punta
de la nariz—. Jamás te haré daño, ¿me has entendido? Nunca. Sólo placer,
pequeña, tanto que creerás enloquecer. —Depositó más besos ligeros—.
Aunque te costará aceptar y asimilar todo lo que pretendo darte, sé que al
final lo harás. Y gozarás de cada minuto. —Le acarició la arqueada espalda
con ternura, aplacando sus miedos—. A partir de hoy serás mi dulce gatita
sumisa, me llamarás Señor y yo te protegeré y te colmaré de éxtasis. Ya no
volverás a sentir nunca más ese vacío en tu interior, _____.
—¿Quién dijo que yo…? —Corcoveó e intentó asestarle una furiosa
patada —. No hay ningún vacío en mí, estúpido engreído.
Ah, ese carácter. Le iba a dar bastante trabajo el disciplinarla, pero
sería un desafío placentero.
Esbozó una sonrisa torcida y, deslizando la mano que todavía
mantenía en su espalda, alcanzó el trasero y le propinó un azote con la
fuerza suficiente para que picara, pero sin dolor. Una amistosa advertencia
de lo que pasaría si se extralimitaba.
—Señor. Dilo.
—Estúpido engreído —volvió a arrojarle las palabras a la cara como
si fueran tortazos—, bastardo pervertido, capu-capullo arrog… ¡Aaaaay!
Le propinó tres golpes más, uno por cada insulto, y ella se zarandeó
contra su cuerpo desnudo, roja como una amapola. En parte por el enfado
que empezaba a sentir a causa del correctivo y en parte porque aquello la
había puesto cachonda, para aparente pesar de ella y regocijo suyo.
No necesitaba leerla, podía olerlo. El aroma que desprendía su sexo
era caliente, espeso y meloso y a él se le hacía la boca agua de pensar en
que pronto, muy pronto, estaría enterrado entre los suculentos muslos,
lamiéndola y chupándola hasta que el néctar de su feminidad lo
emborrachara por completo.
—Eres preciosa, gatita.
«Y eres mía».
____ irguió la cabeza con aire desafiante.
—No lo soy. Soy una vaca frígida e inútil para el sexo. Y ahora que al
fin lo sabes, ¡quítame tus jodidas garras de encima!
Aquellas infantiles provocaciones le hacían querer reír a cada instante
y, al igual que antes, no se reprimió y dio riendo suelta a su hilaridad con
un sonido bajo que acompañó de un nuevo y autoritario azote en su sexy
trasero.
Se preguntaba cuántas repeticiones se requerirían para ponerlo
lascivamente sonrosado, cuántas azotainas tendría que propinarle hasta ver
el jugo de su deseo resbalando por la cara interna de los muslos.
—Eres una mujer con temperamento, _____, pero estate bien atenta a
mis palabras porque no las repetiré una segunda vez —musitó inflexible—.
Nunca, bajo ningún concepto, permitiré que vuelvas a expresar semejante
sarta de gilipolleces acerca de ti en voz alta —le agarró la barbilla con un
gruñido—. Ni siquiera tienes derecho a pensarlo, ¿entendido?
Entonces, capturó su boca en un beso abrasador y la obligó a separar
los labios para enredar la lengua con la suya mientras le dejaba claro que
era hermosa, deseable. Y sólo paró cuando la tuvo jadeante y caliente,
restregándose contra su piel desnuda y correspondiendo a la fuerza de su
dominación con una dulce entrega.
—Y para tu información, me gusta que mi hembra tenga relleno.
Volvió a mimar los pechos. Los arrulló con la mano, obsequiándolos
con más roces de pulgar alrededor de los pezones, y luego recorrió la
suavidad del abdomen, la femenina curvatura de la cadera, la
voluptuosidad de los muslos… Para terminar con un apretón en el torneado
y excelso trasero, satisfecho con los sonidos que su contacto extraía de
ella.
—Tu piel es celestial, _____. Hace que desee desnudarte y frotarme
contra ti. Y tu pelo —abandonó la retaguardia y tomó un mechón— es seda
entre mis dedos y tan oscuro como el más delicioso sirope de chocolate.
Aspiró el olor a cítricos que impregnaba el cabello.
—Quiero que me acaricies con él, gatita. Ansío sentirlo por todo mi
cuerpo.
Le envolvió la nuca con la mano, enredó los dedos en la larga coleta y
le inclinó la cabeza hacia atrás, dejándola expuesta a su beso demandante y
posesivo a la vez que colaba la otra dentro de los pantalones de deporte e
introducía dos dedos en la resbaladiza y prieta vagina.
Profundizó el beso y la penetración hasta que ella se puso de puntillas
contra él, mendigando más, y en ese momento la marcó con la rudeza de
sus labios y su aroma de lobo.
—Si quieres más —le dijo después de romper el beso—, ven al
bosque mañana a la misma hora. Con mucho gusto te demostraré lo
adorable, ardiente y sensual que eres. —Les dedicó una última caricia a los
húmedos y henchidos labios vaginales y la mordió en la boca—. Tú
decides.
Le soltó las manos que aún mantenía aprisionadas con la suya, la giró
de cara al tronco y procedió a desatar lentamente la tela con la cual le
había cubierto los ojos.
—Te daré lo que necesitas, lo que ni siquiera te imaginas que quieres.
Empujaré tus límites. Y aunque creas que está mal, que no es lo correcto…
lo desearas con cada fibra de tu ser. Porque es lo que eres, mi pequeña
sumisa.
Entonces, cambió a su forma de lobo en un parpadeo y la abandonó
allí, con la frente apoyada contra el árbol, la mirada vidriosa y la
respiración acelerada. Tan excitada, que se cortaría las pelotas si no
aparecía a su próxima cita.
—Bastardo hijo de perra —escupió a la vez que se giraba, apoyaba la
espalda en el áspero tronco y se dejaba caer en dirección al suelo.
Temblaba como una hoja zarandeada por el viento y sus rodillas se
habían licuado de tal manera que eran incapaces de sostenerla en pie.
Razón por la cual había optado por deslizarse hasta terminar sentada sobre
las salientes raíces del árbol.
¿Qué había sido todo aquello? ¿Qué demonios acababa de suceder?
Ella no era así, no pasaba de estar acojonada hasta la médula a
derretirse bajo las caricias y los besos de un completo extraño. ¡Uno que le
había dado caza como si fuera un maldito cervatillo!
No, no, no. Tenía que tratarse de una pesadilla, porque ese asalto
sensual no consentido no podía haberla puesto…
«Caliente, cachonda, salida. Estás mojada, admítelo».
Dios Todopoderoso, pensó mientras se tapaba la cara con las manos
para ahogar un sollozo. ¡Era una pervertida!
Un desconocido la había perseguido, dado caza, inmovilizado… La
había sobado más allá de los límites de la decencia, excitándola en contra
de su voluntad, y ella… Se había cabreado, sí, pero se lo había permitido.
¡Y le había gustado!
Oh, por todo lo más sagrado. Su cuerpo traidor incluso había
encendido el horno a la espera de lo que vendría después. Para lo que no
llegó a pasar, pero que sucedería si aceptaba el guante que él había
arrojado y aparecía por allí al día siguiente.
¿Realmente quería? Sí. No. ¡Demonios! Estaba confundida. Hacía
tiempo que no se sentía así. Tantos años que casi no era capaz de llevar la
cuenta.
Dejó caer las manos e intentó abrazarse para sofocar los temblores
que la recorrían, pero sentía los pechos tan sensibles e hinchados por el
trato que él les había dispensado que no le quedó más remedio que apartar
los brazos.
Gimió, conscientede que hubo un instante en que pensó que si él
continuaba tocándoselos, ella se correría sin remedio. Así de simple.
Porque cada vez que los había torturado con golpecitos incitantes, caricias
seductoras y pérfidos pellizcos… Bien, todos y cada uno de esos malditos
toques habían ido a parar derechitos a su clítoris, como si en algún
momento alguien hubiera construido una autopista entre sus senos y el
centro de su placer sin habérselo notificado siquiera.
Deslizó su mano derecha por el vientre, en dirección a su sexo, pero
frenó en seco al alcanzar el pubis cubierto por el pantalón de correr.
Sentía vergüenza, pero también sufría a causa de la necesidad de
acallar el doloroso eco que reverberaba en su interior. Y, sin embargo, no
era capaz.
Emitió un gemido quedo de rendición y dejó caer la mano sobre la
hierba, con la palma vuelta hacia arriba, mientras volvía a rememorar lo
que él le había hecho sentir. El modo en que había desplegado su dominio
sobre ella, consiguiendo que se derritiera como un miserable helado.
Para su consternación, tuvo que admitir que hubo un par de momentos
en que realmente quiso que él la hubiera lamido con su ruda y ardiente
lengua de lobo. Que la hubiera… follado.
Y él era enorme, lo había notado. Un macho alto, fuerte e intimidante.
Con un miembro acorde a su poderío físico, a juzgar por lo que había
percibido en varias ocasiones.
Al principio, cuando sintió la erección contra su cadera, entró en
pánico. Pero entonces él no hizo nada de lo que suponía, sino que, por el
contrario, la sosegó con su toque, asegurándole que no era su intención
dañarla. Y ella se había fundido contra su cuerpo musculoso, aliviada y al
mismo tiempo decepcionada. Porque una parte de su ser quería que él la
dominara, que la poseyera. Esa otra cara de sí misma que anhelaba
acogerlo en su interior tan grande, grueso y duro como lo había sentido.
Nada que ver con sus novios universitarios o su ex prometido.
Suspiró. Él era… abrumador a todos los niveles posibles. Pero daba
igual lo que su maldito cuerpo quisiera, aunque lo pidiera a gritos, porque
no volvería a pisar el bosque. ¡Ni hablar!
Si ese cabrón quería dominar algo tendría que conformase con ejercer
sus habilidades de Dom con su pene. Un cinco contra uno no estaría mal,
para empezar.
Que sometiera a su pedazo de carne si quería, porque ella no se

dejaría.


HOLA!!! BUENO ... EL PRIMER ENCUENTRO ... YA SABEN QUIEN ES VERDAD?? ES TOM PERO YA MAS GRANDE ... YA UN LOBO ALFA :D ... SOLO QUE LA RAYITA EN UN BUEN TIEMPO NO SE DA NI POR ENTERADA HASTA EL FINAL DE LA NOVELA ... BUENO YA SABEN 4 O MAS COMENTARIOS Y AGREGO MAÑANA SIN0 NO ... ADIOS :))

6 comentarios:

  1. Ooo dios quedeee. Anonadada jajaja me encantaaaa , oo Tom se me aparece asi y me muero. Jajajajsjsjsjsjsjsjajja sube prontooo. Oo realmente morire. Bye cuidate muchooo

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  2. Su primer encuentro excitantee!!

    Siguelaa ;)

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  3. :O:O Super erótica e intensa me encanto virgiii espero el próximo cap!!!

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